martes, 16 de junio de 2009

Los viajes de placer del director del CNI, otro hombre de Bono, y el decálogo contra la corrupción

Ayer me refería al olvidado decálogo contra la corrupción que fue eje central de la propaganda el PSOE en las últimas elecciones municipales y autonómicas. Entonces el Presidente del Gobierno y hombres muy destacados de su equipo aseguraban, un día sí y otro también, que ningún imputado por corrupción iría en sus listas electorales, que no consentirían que ningún imputado por corrupción, en lo que de ellos dependiera, ocupara cargos públicos y que, además, serían especialmente rigurosos con los militantes de su propio partido.

Aquella era una buena idea. Difícil de cumplir porque los implicados se defenderían ferozmente, desplegarían todos los elementos posibles de sus respectivas parcelas de poder y pondrían sobre la mesa sus correspondientes bolsas de votos, lo cual era un argumento de mucho peso, pues como se sabe en España desde la época de la Restauración, paradigma del caciquismo, el tiranuelo que está a pie de obra es el que más fácilmente compra votos y cautiva votantes.

Era una buena idea, digo, porque la degradación de nuestra vida pública está empezando a ser irrecuperable. Ya dije que el Parlamento Europeo calificó hace poco la situación española de «corrupción endémica». Las grandes operaciones policiales o judiciales desencadenadas en los últimos años están poniendo de manifiesto demasiados nexos entre cada una de las tramas descubiertas, desde «Malaya» a «Gürtel» o desde «Ninette» a «Astapa», además de una constante reiteración de ciertos nombres que siempre parece que «pasaban por allí» casualmente.

De aquel riguroso decálogo contra la corrupción no se ha vuelto a oír hablar. El PSOE ―al igual que el Partido Popular― llevó en sus listas a sujetos sospechosos de corrupción con causas abiertas flagrantes y, en la mayoría de los casos, esos reprobables sujetos ―por no decir, despreciables, pues poco aprecio le debe la res publica a quienes tan cualificadamente se han hecho sospechosos a ojos de la Justicia― ganaron electoralmente, apresurándose, por un lado, a asegurar que las urnas, como a aquél la Historia, les habían absuelto; y por otro, a advertir a sus partidos que harían muy bien en no «toserles» no fuera a ser que sus bolsas de votos cautivos acabaran por desplazar el signo político de los tiempos.

Como la corrupción parece ser que no castiga electoralmente y como la debilidad del Gobierno resulta manifiesta, ni Rodríguez Zapatero, ni el resto de los dirigentes del PSOE han vuelto a hablar de su decálogo contra la corrupción, limitándose a hacer alharaca del caso Gürtel y a silenciar los muchos indicios que ligan a destacados prohombres de su partido con la trama malaya. Por supuesto, el silencio también reina con respecto a los nexos, más que evidentes, que conectan el caso Gürtel y el caso Malaya, entendido éste en sentido amplio, es decir, Hidalgo, Saqueos, Ballena Blanca, Astapa, etc. etc.

Pero olvidarse del decálogo contra la corrupción ha sido una mala idea, tan mala como buena fue, en su día, ponerlo sobre la mesa. Hoy El Mundo lanza una andanada demoledora contra la línea de flotación del Gobierno de Zapatero, en general ―ya tocado gravemente por el caso Chaves― y contra la vicepresidenta Fernández de la Vega en particular, que fue quien se empeñó en renovar el mandato del director del CNI, Alberto Sáiz.

El Mundo ya había hecho una advertencia seria cuando hace algún mes publicó que el tal Alberto Sáiz podía haber estado cazando en Africa ―lo cual era falso. No estuvo cazando, estuvo pescando― con dinero público. Hoy el mismo periódico publica dos páginas con documentación gráfica que acredita «que Alberto Sáiz participó en la pesca del pez espada en Senegal. No solamente eso, según los denunciantes, el director del CNI intentó luego borrar sus huellas. El Mundo dispone de un acta notarial que corrobora que su imagen fue eliminada de la web de la empresa que organizó la pesca».

En la portada de ese periódico se lee: «acusan a Sáiz de cazar y pescar en países exóticos con cargo al CNI» y el titular se ilustra con una fotografía del director del servicio de espionaje español sosteniendo un espléndido pez espada y rodeado de agentes del Centro. Luego, esa misma fotografía aparece manipulada. Mientras el cuerpo de Alberto Sáiz continúa en su sitio, su cabeza ha desaparecido y sido sustituida por la de uno de los funcionarios que le acompañan, por cierto con tanta sagacidad que el funcionario en cuestión conserva su propia cabeza a la par que la comparte con el cuerpo del señor Sáiz en un ejemplo imposible de duplicidad cuántica.

¿Qué esperaban Rodríguez Zapatero y María Teresa Fernández de la Vega? ¿Que esto no pasara? Como todos los que le han precedido y todos los que le seguirán en casos similares, Alberto Sáiz, tras las primeras informaciones sobre sus «hechos cinegéticos», compareció en el Congreso de los Diputados y se puso solemne. Toda esa información eran calumnias, injurias, falacias, vilezas, canalladas de cobardes. El jamás había utilizado medios públicos para su solaz. El era una persona con «los bolsillos de cristal».

Alberto Sáiz llegó al CNI desde Castilla-La Mancha y, concretamente, desde una de las consejerías de José Bono ―al que le unen lazos familiares. Está casado con una prima de la esposa de éste― la de Industria; y desde la Dirección de Medio Ambiente, también bajo el gobierno de José Bono. Fue Bono, en su calidad de Ministro de Defensa y hombre muy sabedor de lo que vale la buena información, quien le colocó al frente del CNI y cuando Bono cayo, empujado por la arrolladora personalidad de Paco el Pocero, Sáiz consiguió mantenerse donde estaba y lo que ha sido más difícil, renovar in extremis su mandato a pesar de que el dedo acusador de sus propios actos ya estaba posado sobre su frente.

¿Qué creían Rodríguez Zapatero y Fernández de la Vega que iba a pasar cuando renovaron en el cargo a Alberto Sáiz? Es más ¿qué creían el Presidente y la Vicepresidenta que iba a pasar cuando decidieron traerse a Madrid a Manuel Chaves y a Gaspar Zarrías, al que algunos califican como el Rasputín andaluz?

Puede que creyeran que iba a pasar, exactamente, lo que ha pasado, pero si es así, tienen una forma muy escabrosa de aplicar el decálogo contra la corrupción.